Realmente se habla mucho de los colores que hay en nuestro México y de cómo tenemos ese desenfado para pintar nuestras casas, decorar nuestra ropa o incluso colorear algunos de los platillos, dulces y salados, que abundan en nuestra gastronomía. Es casi un lugar común hablar del "rosa mexicano" o de la policromía de sarapes y mantas nexicanas.
En Europa, sin embargo las cosas van cambiando. Antes, catalogado como el continente "gris" no sólo por la pátina que otorga el tiempo sino además por la austeridad de colores, reflejo de la personalidad de sus pobladores. Ahora se ve como las ciudades europeas, sobretodo las grandes, se han inundado del juego multicolor de luces y por todos lados vemos como neones y reflectores pintan de arcoiris fachadas, cielos y suelos con singular desparpajo y naturalidad.
Verlos es un festín para los sentidos y un goce estético que, con las reservas del caso, me transportan al México colorista al cual siempre he estado acostumbrado desde que nací.
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